Carta para el Señor Cardenal Jorge Bergoglio

Para vuestro conocimiento envío e mail remitido a su Eminencia Reverendísima Cardenal D. Jorge Mario Bergoglio y ratificado por carta certificada CU484940814AR en el día de la fecha.

Escribe Hugo César Renés

Bella Vista, 17 de octubre de 2008

“Cuando el Hijo del hombre venga, rodeado de esplendor y de todos sus ángeles, se sentará en su trono glorioso. La gente de todas las naciones se reunirá delante de él, y él separará unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Y dirá el Rey a los que estén a su derecha: ‘Vengan ustedes, los que han sido bendecidos por mi Padre; reciban el reino que está preparado para ustedes desde que Dios hizo el mundo. Pues tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; anduve como forastero, y me dieron alojamiento. Estuve sin ropa, y ustedes me la dieron; estuve enfermo, y me visitaron; estuve en la cárcel, y vinieron a verme.’ Entonces los justos preguntarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos con hambre, y te dimos de comer? ¿O cuándo te vimos con sed, y te dimos de beber? ¿O cuándo te vimos como forastero, y te dimos alojamiento, o sin ropa, y te la dimos? ¿O cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?’ El Rey les contestará: ‘Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron. ’”
(Evangelio según San Mateo 25:31-40)

Eminentísimo y Reverendísimo Señor Arzobispo de Buenos Aires y Primado de Argentina,
Cardenal Jorge Mario Bergoglio.

De mi mayor consideración:

En su carácter de máximo representante de la Iglesia Católica Apostólica Romana y, por ende, guía espiritual de toda la grey católica argentina, tengo el agrado de dirigirme a usted apelando, fundamentalmente, a la sensibilidad, humildad y pasión que puso y pone de manifiesto en el ejercicio de su ministerio pastoral.

Nada nuevo puedo escribirle, que ya no lo haya hecho, con relación a la convulsionada atmósfera social y política, tan saturada de injusticias, quejas y amarguras de unos contra otros sin que, hasta hoy, lamentablemente, los argentinos hayamos podido entendernos racionalmente, porque los empinados picachos de soberbia que algunos lucen, los están haciendo prescindir de los más elementales principios para alcanzar la tan ansiada paz social.

Entonces, mi querido Cardenal, cuando Dios parece haber soltado las manos de mis camaradas, entre los que se encuentra un hermano carnal, hoy injustamente presos; cuando la Verdad no se espera que provenga de la Justicia sino de la historia; cuando la inquietud, la duda, la desconfianza, el engaño, la mentira, la intriga, la maledicencia, están siendo utilizadas por quienes hicieron ayer de la violencia un culto y del empleo de una propaganda inficionada de ateísmo, paganismo y laicismo promovieron el odio de clases y la lucha entre el capital y el trabajo para, “construir un país distinto”, lavándose hoy las manos en señal de inocencia; cuando el sufrimiento no termina sino que cambia permanentemente de postura azotándolos sin cesar, a unos de una manera y a otros en otra, como militante del divino y único Redentor de los hombres, es que me atrevo a solicitarle, a usted, que me acompañe al Penal de Campo de Mayo y, después de tomar contacto con los allí alojados, bendiga a ellos y a sus familiares que padecen largas humillaciones y sufrimientos.

Le pido, desde el corazón, querido Cardenal, que me acompañe a darles fe y esperanza en aquel que no defrauda. Recurro al sacerdote jesuita que aún hoy persiste en usted, como creyente en el que es “el camino, la verdad y la vida”, para que nos ayude y señale, a cada cual, sus obligaciones de caridad y justicia.

Le ruego que les recuerde, a todos los que hoy están padeciendo la falta de espíritu de justicia por parte de quienes nos gobiernan, que son los mismos que años atrás nos llevaron, como de la mano, a una guerra social, cuyo término hoy es inseguro, sabiendo, sólo Dios, hasta donde nos arrastrarán sus consecuencias, que “… Siempre hay más. Siempre hay otra posibilidad. Quizá más comprometida, quizá más resistida por aquellos que están muy instalados y para los cuales las cosas marchan muy bien…”, como usted muy bien lo afirmó en el año 2003.

Si me acompaña, juntos iremos al encuentro de aquellos que, en el Penal de Campo de Mayo, tras haber perdido su libertad, sienten hambre y sed de justicia. Usted, mejor que nadie, les podrá hacer olvidar lo presente y transitorio, avivando en sus corazones lo futuro y eterno, porque a pesar de las continuas desilusiones verá usted, en mis hermanos de armas, que el hambre de felicidad y paz no ha muerto en ninguno de ellos, ni en sus familias. Tienen mucha armonía en sus espíritus, mucha preparación espiritual e intelectual en sus mentes y caridad, honradez y amor, en sus corazones.

Comprendo que tiene múltiples ocupaciones y compromisos pero, le suplico, tenga a bien hacer un espacio en su abultada agenda como para que, los allí alojados, pudieran comentar su homilía del 25 de mayo de 2004 y, fundamentalmente, encontrar una respuesta a aquella pregunta de “¿por qué Dios deja a aquellos exaltados solos con sus piedras y sus deseos de desbarrancar todo lo que no concuerde con sus ideas?”

Sin otro particular y esperando favorable respuesta para concreción de anhelos, reciba los saludo con las expresiones de la más cálida consideración y estima de su hijo en el Señor.

En azul y blanco,
Cnel. (R) Hugo César Renés

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